LA OLLA COMÚN EN CHILE

La olla común en Chile se remonta a muchos años atrás, en el contexto de movilizaciones: huelgas de trabajadores, estudiantes o en tomas de terreno, las cuales eran de carácter transitorio y se utilizaban como instrumento de denuncia. Solucionado el conflicto, la olla se disolvía.

En medio de la crisis económica y social del año 1982, que se recrudeció después de los temporales de aquel intenso invierno, donde la población se vio enfrentada al frío, la precariedad, el hambre y la brutal represión, surgieron las ollas comunes. Ese año se agudizó la crisis, el Estado redujo el gasto social y el 30% de la población vivía en extrema pobreza.

La exclusión económica que afectó a la mayoría de la población, se caracterizó por la concentración urbana de la pobreza, localizándose en poblaciones, en campamentos y en algunas comunas; vivían las familias más vulnerables, que además por la situación política perdieron el derecho a la organización y manifestación.

Las ollas comunes las componían familias trabajadoras golpeadas por la cesantía, carentes de ingresos regulares y suficientes. Quienes participaban se sentía como iguales en la necesidad y en el ímpetu de lucha. Fueron organizaciones territoriales netamente poblacionales, en las que se agruparon familias con lazos de vecindad.

Lo que diferenció principalmente a las ollas comunes que surgieron en este contexto es que, ante todo, fueron una organización: se coordinaban las tareas colectivas, individuales y especializadas; además de establecerse normas y derechos. Su objetivo principal era poder satisfacer la necesidad de alimentación de las familias, a través de un trabajo asociativo de recursos individuales y colectivos, pudiendo beneficiarse todos los miembros.

En esos años, algunas ollas comunes persistieron, crecieron y otras se desintegraron. Algunas incluso se organizaron a nivel zonal y comunal. Según un catastro realizado por el Programa de Economía del Trabajo en Santiago, existieron más de 70 ollas comunes; 150 comprando juntos y más de 200 comedores sociales.

Las ollas comunes, por el simbolismo que representaban, fueron vistas con sospechas y perseguidas, incluso muchas fueron prohibidas. La labor de las mujeres fue fundamental, ya que fueron ellas las que perdieron el miedo, se agruparon y salieron de sus casas frente a la necesidad de alimentar a sus familias, organizando la subsistencia.

La olla común no sólo cumplió una labor de subsistencia ante la escasez de alimentos y la pobreza, sino que fue un espacio de organización social y comunitaria, en los cuales sus participantes encontraron solidaridad, fraternidad y arraigo en sus territorios, en definitiva, aprendizaje popular.

Si bien con el regreso a la democracia -negociada en la dictadura militar- Chile comenzó a crecer en términos económicos, la desigualdad continuó agudizándose. En los últimos 30 años, la precariedad, la segregación económica y social pasaron a ser una constante para millones de personas. A partir del 18 de octubre de 2019, que marcó el inicio de un despertar social sin precedentes en Chile, se hizo manifiesta la desigualdad económica y social en que la mayoría de las personas viven en este país. Ante la revuelta social el Gobierno decretó Estado de Emergencia y declaró la guerra al pueblo de Chile, demostrando el absoluto desconocimiento de la realidad. La respuesta ciudadana que se gestó y cundió por miles de lugares fue de unidad y solidaridad, ante la represión e injusticias cada vez más visibles del estado hacia el pueblo. Renacieron las asambleas, cabildos y ollas comunes que llamaban a enfrentar la cesantía y la represión en la comunidad que volvió a ser comunidad. Y a trabajar organizadamente.

A partir de marzo, el contexto mundial cambió, y por primera vez en muchos años nos enfrentamos a una pandemia, que vino a demostrar absolutamente y sin ninguna duda, todo lo que se venía planteando con fuerza, desde octubre del año pasado.

Con las medidas necesarias de confinamiento y con un inexistente sistema de seguridad social, aumentó la cesantía y con ello la precariedad y el hambre. Resurgen entonces en forma masiva y espontánea las ollas comunes. Una vez más la respuesta del gobierno es intentar controlar la organización espontánea y a través de la Subsecretaría de Prevención del Delito del Ministerio del Interior decreta un protocolo para las Ollas Comunes, en palabras de la subsecretaria Katherine Martorell “el Protocolo establece que son los alcaldes quienes determinan cuáles son las personas que están realizando esta labor, el lugar y si cuentan con las medidas sanitarias. Esta acta se envía a Carabineros. El oficial más alto de cada comuna es el que autoriza este permiso para poder ayudar y colaborar en la alimentación de las personas”. Saque sus propias conclusiones.

Patricia F. A.

Colaboradora Play Motiv

Referencias:

-Bravo, Viviana. “Piedras, Barricadas y Cacerolas. Las Jornadas Nacionales de Protesta Chile 1983-1986”. Ediciones Universidad Alberto Hurtado. 2017.

-Hardy, Clarisa. “Hambre + Dignidad = Ollas Comunes”. Programa de Economía del Trabajo. Academia de Humanismo Cristiano. 1986.

https://www.24horas.cl/coronavirus/implementan-protocolo-para-ollas-comunes-buscar-evitar-aglomeraciones-y-bajar-la-movilidad-4284885